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Tres en Barcelona (psicología)

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Tres en Barcelona

Un espectacular día de verano, andaban la tristeza, la ansiedad y la soledad vagando por mitad de las calles del casco viejo de Barcelona. Como si de callejón sin salida se tratase, iban la una esperando de la otra el poder encontrar un espacio amplio en el que poder coger aire, llenar los pulmones de energía y seguir el viaje.

La tristeza no encontraba fuerza alguna para continuar el mismo. Necesitaba regresar a su zona de seguridad, su cueva, sus cuatro paredes en las que sentirse protegida. Por mucho que hallarse en mitad del Born, a 32 grados, supusiese una experiencia poco repetible (puesto que su lugar de residencia era el vacío oscuro de las profundidades de su apatía), no gozaba de una ciudad cosmopolita como Barcelona.

La ansiedad palpitaba a ritmo frenético, necesitaba situarse en un espacio seguro, conocido, en el que poder sentirse más libre. Deseaba no ser ella. Necesitaba liberarse del lastre de sufrir por anticipar un futuro (devastador a sus ojos). Si bien el aroma de la gastronomía autóctona lleva a poder realizar un viaje con los cinco sentidos, esos aromas, precisamente a ella, le recordaban que debería estar organizando el examen que se avistaba a pocas semanas.

Qué decir de la soledad. Ella, como tercera compañera del viaje, sentía la más absoluta sensación de unidad. Se sentía tal como su nombre la definía: sola. Sin alas que la contuviesen para disfrutar de semejante viaje por una ciudad tan poderosa como Barcelona

Así fue como las tres, ante una experiencia maravillosa como la de poder conocer el mar, no tuvieron más opción que la de no disfrute, porque si bien está claro que la tristeza patológica, como la ansiedad mantenida (en el tiempo) y la soledad autoimpuesta, llegan, algunas veces, avisando, y otras muchas, sin hacerlo, e invaden, y coartan, y limitan…

Y así fue como, un trío que pudiese ser considerado un cóctel molotov, tuvieron la oportunidad de poder escapar de las callejuelas de la ciudad condal, o bien, de quedarse allí, disfrutando de cada aroma, de cada habitante, de cada rincón…

¿Exponerse o escapar? ¿Alimentar a la fiera o amansar a la bestia?

Por Raquel García Bayarri, psicóloga