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(Autoayuda) Mi nombre es Gabriela

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Mi nombre es Gabriela, aunque perfectamente, en muchos momentos de mi vida, me hubiesen podido llamar María o Juan (así se llaman mis padres), o bien Gema (mi hermana) o Eva (mi mejor amiga). No sigo escribiendo más nombres porque posiblemente, si repaso mentalmente las personas que han pasado por mi vida y han dejado una huella, dedicaría más texto a citar a todas las personas que a trasmitir lo que deseo que leas.

Nací en el seno de una familia unida. Ha habido afecto y protección (aunque déjame que matice que el afecto que me ha llegado no ha sido ecuánime por parte de mis progenitores). En cuanto a la protección, podría añadir un prefijo el cual dota a la palabra de un matiz que, dada mi madurez y, haciendo un ejercicio de reflexión, a día de hoy, acepto, pero no comparto. La sobreprotección. Famoso término que muchas veces pensamos que es bueno ser un hijo muy protegido por los padres, porque es bien sabido que, nuestros padres nos protegen “por nuestro bien”. Ahí es donde una voz interior me resuena y es por ello que deseo que leas lo siguiente:

Si la sobreprotección que ejercieron mis padres o incluso mi hermana en mí, me hubiese dado recursos para “salir a flote” de muchas situaciones, o bien, me hubiese trasmitido un mensaje implícito de “tu puedes hacerlo”, podría defender la misma desde lo más profundo de mis entrañas, pero, por lo que me concierne, no puedo hacerlo, o, mejor dicho, no siento hacerlo. Poder podría, es decir, tengo la capacidad para defender con palabras o con hechos el término “sobreprotección”, pero esto supondría ir en contra de lo que soy, de mis valores y de mis principios éticos y morales.

Porque sobreprotegerme solo hizo de mí una persona vulnerable, insegura y con una autoestima baja. Con esto no quiero culpabilizar a mi familia, porque es bien sabido y como me atreví a contarte, lo hicieron lo mejor que supieron.

Debo matizar que, la vulnerabilidad no es una cualidad negativa, al contrario, el ser vulnerables nos hace ser más “humanos”, porque somos seres emocionales, con nuestros días mejores y nuestros días peores. Pero es bien sabido que la inseguridad y la autoestima baja son piedras de un tamaño superior al nuestro que nos impiden poder andar por la vida de manera libre y fluida. Son dos obstáculos que han estado muchos años presentes en mí, conviviendo conmigo, hasta que pude ser consciente de ello y, habiendo hecho tal “descubrimiento”, pude trabajar esos aspectos que residían en cada poro de mi piel, en cada fibra, músculo y, articulación. En cada órgano, llevándome a la somatización, a la expresión de todo el malestar provocado por mí inseguridad y mis miedos, a través de mi cuerpo.

Porque hemos sido una familia unida, y puedo afirmar que, a día de hoy, lo seguimos siendo, pero si cierro los ojos y me sitúo 20 años atrás, teniendo el poder y el conocimiento que tengo ahora, solamente diría:

“déjame caerme, si me hago daño, aprenderé que ese no es el camino por el que debo andar”

“dedica un poquito de tu tiempo a preguntar como estoy, como me siento”

“abrázame más”

“¿Por qué no juegas conmigo?”

“soy única, diferente al resto, como todas las personas, no debemos ser iguales, ni debo ser como se supone que se debe ser”

“valórame por quién soy, no por como soy”

Abro los ojos. Hoy, a día 8 de julio de 2020, puedo contarte que, sabiendo lo que nunca se atrevieron a contarte y, además, explicándote parte de mi historia, puedas ver que, a veces no vale con querer tanto, hay veces (por no decir, siempre) que, hay que querer mejor, y querer mejor implica aceptar a tus allegados como son, únicos, individuales, diferentes al resto, pero sobre todo, acéptate tú, quiérete mucho, porque, amiga mía, te vas a necesitar.

Imagen: Ponomariova_Maria