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Cuentos de Jecumbui: MAURO SINCHI (el rondero)

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MAURO SINCHI (el rondero)

Algo raro estaba pasando…
Por eso Mauro Sinchi llevaba tres noches de ronda, vigilando su ganado. En dos meses le habían desaparecido ocho vacas y la semana pasada, tres de una sola vez. Ahora ya solo le quedaban siete. El ganado desaparecía como por encanto.
Sin embargo, esa noche tampoco pudo ver nada. Así que, una vez más, al amanecer, regresó decepcionado a su casa. La Antonia, también preocupada pero sin perder su sonrisa de mujer; y su pequeño hijo, corriendo a su cuello, como cada mañana le esperaban con un gran tazón de cacao y tamales de maíz.

—No se preocupe, apá, que yo mismo me voy a ocupar de las vaquitas —le consoló el pequeño Abilio

Mauro le dio unas palmadas cariñosas, se tendió en su colchón de paja y se quedó dormido.
Y su hijo, esa mañana, no fue a la escuelita del pueblo.
El hijo de Mauro, ese día, a sus siete años, estaba llevando las siete vacas al corral cuando…

—Güenas vaquitas llevas, hijo; dí pues… ¿Di quién son, pues?
—le preguntó uno de los cuatro forasteros mal encarados que le habían salido en el camino.
—Nuestras, pues —respondió Abilio, receloso pero, al fin, orgulloso—. Mi padre es Mauro Sinchi.
—Buen cholo el Mauro Sinchi, y hoy le vas a alegrar porque le vas a llevar mucha platita, ¿sabes? Ti vamos a comprar estas dos — dijo señalando a las dos últimas que, a diferencia de las otras, marrones, eran unas vacas blancas y negras con grandes ancas y ubres, casi arrastrando al suelo.
—No creo que mi apá las venda, porque esas no son pa’ carne, las queremos para vender la leche. Son güenas lecheras, ¿sabe? —respondió el niño, mirándolo desconfiado.
—No importa, te pagaremos muy bien. Hasta un millón de soles
—bromeaba pero con cara muy seria, el Virgilio.
—O dos millones.
—O tres —los compinches le seguían la broma a su jefe.
—Yo no vendo, señor. Puedes preguntarle a mi apá’ si querés, agora él está en el pueblo. —Abilio, empezó a mirarlos con miedo.
—¡Las queremos ahurita!


Cuando el Abilio vio sus grandes machetes sobresaliendo por debajo de los ponchos y luego la escopeta, y sobre todo el brazo izquierdo sin mano del que hablaba, se dio cuenta de que le estaban mintiendo.
—¡Abigeos! ¡Abigeos! —gritó asustado, y empezó a correr.
El bandido que llevaba la escopeta se dispuso a disparar.
—¡No dispares, so cojudo! ¿Quieres que se nos venga todo el pueblo? —la voz de Virgilio sonó agria, y se agachó a recoger una piedra.
Le bastó una sola pedrada. Virgilio, con su única mano, no fallaba, el niño cayó con la cabeza rota; luego lo remataron a palazos.

Pero siguiendo la norma que le habían impuesto los guardias civiles, solo cogieron una vaca, las demás las dispersaron. Al niño lo tiraron por un barranco lleno de riscos.
Una risa satánica se dibujó en el rostro de Virgilio el manco, imaginándose la cara de Mauro Sinchi cuando encontrase a su hijo.
Mauro buscó a su hijo todo el día y toda la noche hasta que, ya de mañana, reconoció su cuerpo allá abajo, en el barranco.
Bajó desesperado, miró todas las magulladuras de su cuerpecito sin vida y, al fin, también vio el boquete en la cabeza. Si sus ojos nunca habían llorado, esta vez se le secaron aún más y los dientes se le encrucijaron.
Una hora después entraba en el pueblo con su hijo en brazos. Las mujeres empezaron a arremolinarse.

La Antonia, al verlo en el portal de la casa, se abalanzó sobre su hijo y apretándolo fuerte contra su pecho, sí lloró: su quejido era un susurro que helaba la sangre y de sus ojos sí brotaron lágrimas como ríos.
Se miraron unos segundos, no se dijeron nada.
Esa tarde, Mauro, con sus manos, estaba haciendo el ataúd para su hijo cuando los guardias civiles vinieron a enterarse y a ver el cuerpo del niño.

Primera página de uno de los relatos del libro ‘Cuentos de Jecumbui’ por Oscar Hernán Álvarez García, presentado en la Casa América de Barcelona, el 21 de abril de 2022

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