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Cuentos de Jecumbui: Atila

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ATILA

En los pequeños pueblos de La Mancha y de Extremadura, donde hay tantos campesinos, agricultores y pastores, donde, en los bosques, las alimañas abundan, los ladrones y bandoleros acechan y donde, en la soledad de una noche de riego, hace falta un amigo, el perro se transforma en el ser más importante para el hombre. Forma una parte real, querida y respetada de la sociedad. Respeto y amor que el hombre de campo y el perro se fueron ganando mutuamente en años de convivencia.

Y justo de esto, de ese amor de un perro, fidelidad hasta el sacrificio, el mejor ejemplo en nuestro pueblo fue Atila, el perro pastor del Serafín.


Era un día que, aún por hermoso, no debió haber amanecido, y que Dios me perdone. Serafín se durmió esperando la llegada de Lucerito, la pastora, su amiga, que, a su vez, le contaría cosas de Isabelina, la hija de su patrón, el dueño de la finca más grande de la provincia, de quien él, a pesar de sus pocos años, estaba perdidamente enamorado.
Bajo la encina de siempre, allí, en el prado prohibido, prohibido por estar dedicado a la ganadería brava de la finca, después de encargarle las ovejas a Atila, su perro pastor, Serafín se quedó dormido, dando rienda suelta a sus sueños de amor juvenil, cuando en eso una abeja empezó a curiosear en su nariz, que no era la nariz más limpia del condado. Le molestó tanto que se dio él mismo un manotazo en la cara que lo despertó, y dio un brinco. Esto bastó para que Tinto, el toro negro, enorme y de tremendos pitones, que hasta ese momento había estado paciendo tranquilo a unos metros de la encina, en un segundo resoplara y lo envistiera sin darle tiempo a reaccionar, topándolo y mandándolo de primera a dar dos vueltas por los aires y caer de cabeza sobre una piedra.
Serafín sintió la cabeza tronar como si hubiera estallado. Luego, el toro lo pinchó con el cuerno izquierdo por el muslo y la ingle derecha, y empezó a zarandearlo en el aire mientras la punta del pitón iba rebanándole el vientre.

El prado le daba vueltas vertiginosamente, el dolor en el vientre era intensísimo, cuando, aún en el aire, a punto de perder el sentido, pudo ver que su perro Atila saltaba y clavaba sus primeras dentelladas en el ojo del toro negro que, entonces, enfurecido, se volvía al fin hacía el perro, desentendiéndose del niño, sangrante y por momentos sin sentido.
Se había iniciado la lid más grande que jamás se vio en esos prados.

A Serafín, con el vientre hirviéndole de dolor, el muslo sangrando a borbotones y la cabeza dándole vueltas por el tremendo golpe que había recibido, los quince minutos que duró la pelea se le hicieron eternos. No supo cuántas veces vio a su perro, atravesado por los pitones del Tinto, volar por los aires, caer y volver, totalmente ensangrentado, sacando fuerzas de sabe Dios dónde, a atacar y con qué inteligencia, saber dónde debía morder, justo en la babeante lengua, o en el otro ojo, hasta que al fin pudo llegar a la yugular escondida detrás de un cuero duro, en la masa muscular que formaba el gran cuello de ese toro que, ciego, medio loco, sangrando a chorros por la lengua, por el cuello, empezaba su agonía.

Mientras, Atila, arrastrándose, moribundo también él, llegaba a su amo.
—Atila, viejo amigo… —le susurró Serafín, y Atila lo sintió desvanecerse mientras le acariciaba la cabeza.

Su amo estaba pálido como la cera y ya no se movía. Entonces, en su propia agonía, su corazón noble de perro se acongojó más; debía hacer aún otro esfuerzo…

Primera página de uno de los relatos del libro ‘Cuentos de Jecumbui’ por Oscar Hernán Álvarez García, presentado en la Casa América de Barcelona, el 21 de abril de 2022

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