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ARRITMIAS: No hay peor prisión que la presión (psicología)

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ARRITMIAS

No hay peor prisión que la presión.

Presión que nos lleva a estar con el corazón en un puño.

Con el puño cerrado.

Con el enfado por bandera.

¿Quién ejerce tal presión, que, llegado un punto, te ahoga, te abrasa, te aplasta…?

Porque vivimos por y para los demás. Porque somos un amasijo de exigencias, autoexigencias.

Porque muchas veces el peor carcelero es uno mismo. Uno mismo el que ejerce la peor condena habida y por haber: la no libertad de fluir, o, dicho de otro modo, la libertad de no fluir.

Fluir como río que desemboca en el mar, o como una vida sin ataduras mentales.

Siendo y estando presentes. Sin presión. Sin cárcel alguna.

Siendo libres.

Julia se despierta por el sonido estridente de los latidos de su corazón, que la están invitando a que empiece el miércoles con una taza de ansiedad con doble de angustia. Arritmias. Vivir para demostrar a su pareja que es válida, que siga con ella, que la quiera… Se somete al “mal querer”, porque prefiere eso, “mal querer” y que “la quieran mal”, antes que sucumbir a la presión de la soledad.

Soledad es para ella sinónimo de cárcel, de encierro.

Lo que poco sabe Julia es que no hay peor encierro que el no querer abrir las alas y volar alto, libre, fuerte y feroz.

Arritmias como recordatorio de que algo no funciona. Presión y tensión por si él no está. Preocupación. Exceso de futuro.

Cuerda imaginaria que ahoga su cuerpo y su mente.

Respiración entrecortada.

Vida sacudida.

Julia rindiendo pleitesía a una presión sombría que sigue estando, en cada poro de su piel, en cada sombra en la pared…

 

 Por Raquel García Bayarri, psicóloga