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El crecimiento personal en tiempos de Coronavirus

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EL CRECIMIENTO PERSONAL

El estado de alarma o alerta sanitaria es una situación en la que difícilmente se puede mantener, a priori, la calma, debido a que, como seres humanos emocionales que somos, vivimos dicho acontecimiento desde el miedo, desde la percepción de amenaza. Resultaría extraño decir que se pueda mantener la calma desde el minuto 0, puesto que, nuestro cerebro reptiliano (el cerebro primitivo) nos prepara ante una situación que considera de amenaza o riesgo para nuestra integridad física o psíquica (en este caso física). Bien, hasta aquí todo comprensible, es bastante “normal” que despleguemos nuestros recursos de afrontamiento del miedo (mediante la lucha o huida), no obstante, es importante desgranar dos cosas. La primera, cualquier emoción negativa tiene su sentido adaptativo, siempre y cuando no permanezca en exceso en nuestro sistema. La segunda, cualquier emoción debe ser compensada mediante el sistema racional, debemos hacer uso también del poderoso órgano llamado cerebro, en el cual se alberga la razón y la mente.

Una respuesta de huida nos lleva a escapar del elemento amenaza, mientras que una respuesta de lucha nos lleva a confrontar el elemento amenaza. Pues bien, ¿qué sucede cuando huimos de una amenaza que persiste en el tiempo?  ¿Resulta adaptativo evitar el acontecimiento en cuestión? ¿O sería más “sano” confrontar dicho acontecimiento con los recursos de los que disponemos?

Es ahora cuando debo presentar al crecimiento personal. El crecimiento personal nace cuando, ante una situación conflicto, en la que se nos percibe como “vulnerables”, se nos permite resurgir, o, mejor dicho, nos permitimos resurgir de tales adversidades. El crecimiento va a nacer de dentro de uno mismo, de lo que sentimos, y de cómo actuamos (en consonancia a lo que se siente). No considero crecimiento personal el hecho de que una opinión externa etiquete o enjuicie a la persona de “valiente” o “fuerte”, porque, en este caso, el crecimiento que la persona vendrá modulado por una tercera opinión, la cuál queda fuera de su alcance.

Crecer, como ser humano, es, bajo mi perspectiva, ampliar el bagaje, abrir la mochila (metafóricamente hablando) que uno lleva a la espalda, para quitar piedras, soltar lastres, y añadir vivencias y experiencias que, si bien no son positivas, permiten aprender y abrir horizontes. También, cuestionarnos situaciones y experiencias porque, el crecimiento, en gran medida, va a depender de poner en jaque muchos aspectos vitales. Qué bonita es la vida cuando somos pequeños. En este mundo “infantil”, la vida se limita a vivirla, a estar presentes ¿dónde?, en el presente. En cambio, tal y como vamos creciendo, vamos asumiendo roles (muchas veces que no nos corresponden); vamos haciendo viajes (metafóricamente hablando), al pasado y al futuro, prescindiendo del momento actual. La tristeza por lo que fue y no se puede cambiar y la ansiedad o incertidumbre por lo que será y no sé cómo será, es lo que nos lleva a limitar el potencial que poseemos, porque, todos, en mayor o menor medida, lo tenemos. Uno crece, y observa injusticias, luchas de poder, luchas de clase, desigualdades raciales, desigualdades de género y, todo ello conlleva, en parte, a que surja la decepción, pero, ¿qué hacer con esta decepción? En lugar de preguntar ¿por qué debo sentirme decepcionado?, sería sano preguntarnos ¿para qué sentirme decepcionado? Bien, la respuesta a esta última pregunta es, para crecer; para generar mi propio pensamiento; desarraigarme del pensamiento de los demás; generar mi propia identidad; dejar de fusionarme con los demás; dejar de ser el otro o lo que el otro quiera que sea para ser yo; ser autocrítico y formularme mis propias preguntas y a la vez, darme las respuestas en coherencia con mis pensamientos, sentimientos y comportamientos, en resumen, todo lo que implica el ¿para qué? para CRECER.

Firma: Raquel García Bayarri